domingo, 29 de abril de 2018

ELECTRIC WIZARD: "WIZARD BLOODY WIZARD" (2017)



Putos Wizard. Lo han vuelto a lograr. Cuando todo el mundo les daba por muertos una vez más, cuando parecía que lo tenían todo en contra (problemas con las discográficas, cambios de formación, ataques gratuitos por parte de la prensa, acusaciones infundadas...) han vuelto a resurgir de esa cripta húmeda y oscura en donde suelen refugiarse y desaparecer durante años, la llamada “Cripta de Drugula”. Han vuelto con un discazo bajo el brazo que los vuelve a situar como los auténticos dueños de un género que ellos lideraron en los 90 junto a grupos como Eyehategod, Sleep o los primeros Cathedral. Estaba claro que tras un disco tan oscuro, nihilista y desesperanzador como fue “Time to Die” (2014), no se podía seguir por el mismo camino y tocaba reinventarse. Ya lo dijo Jus Oborn en una entrevista, donde comentaba algo así como que después de “Time to Die” tenían que cambiar, de lo contrario los únicos caminos posibles eran el suicidio o la heroína. Así pues, Electric Wizard se recluyeron en lo mas profundo de la Inglaterra rural y crearon este maravilloso “Wizard Bloody Wizard”, grabado en sus propios estudios de grabación montados en su propia casa para así poder crear sin límites de tiempo ni imposiciones de discográficas o productores. Un sonido 100% analógico, puro, rebosante de electricidad y adrenalina, en el que cada instrumento brilla con su propia luz y deja espacio para que suenen el resto de músicos. Jus Oborn y Liz Buckingham siguen liderando el grupo, esta vez con una formación que ya parece consolidada y que por primera vez en su historia tiene visos de continuidad, con un batería como Simon Poole, que si bien no es el batería más técnico sobre la tierra, cumple perfectamente su labor de soportar el armazón rítmico que sostiene las canciones, acompañado de Clayton Burgess al bajo, en mi opinión el mejor bajista que han tenido desde la época de Tim Bagshaw, un fichaje que le ha aportado al grupo la energía y empuje que necesitaban. Seguramente sea su disco menos doom, el que menos ecos Sabbathianos tiene (aunque la huella de Iommi y compañía sigue presente, por supuesto), un disco que ya no es dominado por los ritmos lentísimos y asfixiantes de sus trabajos clásicos (“Come my Fanatics” o “Dopethrone”) sino que es un disco mucho más rockero, directo e incluso accesible (dentro de lo poco accesibles que son un grupo como Electric Wizard). Hay menos Sabbath pero en cambio hay más Stooges, MC5, Blue Cheer, Alice Cooper o Ted Nugent. O sea, hard rock super-ácido, riffs hipnóticos envueltos en atmósfera humeante de marihuana, psicodelia densa y pesada, sonido Detroit macerado con doom primigenio. Y esos riffs tan guarros, tan viciosos, tan perversos y con tanta clase y chulería como siempre. En fin, glorioso. Tocaba reinventarse, y lo han hecho. Partiendo de la base del sonido Wizard, ese sello inconfundible, ese estilo que ellos mismos crearon, han sabido evolucionar y transformarse para ofrecer una nueva versión de Electric Wizard, más directa, más básica, más primitiva, pero con la misma esencia peligrosa y misantrópica que les ha caracterizado desde siempre. Wizard son un grupo anclado en el tiempo, obsesionados por los sonidos del hard rock 60's y 70's así como el doom metal de los 80, y una vez más se dedican a recrear esos sonidos con la dedicación de un artesano, para así ofrecernos una vuelta de tuerca más a ese sonido tan excitante que sale por los altavoces cada vez que suena el puto Wizard. El disco se abre con “See You in Hell”, auténtica declaración de intenciones: “nos veremos en el infierno”. Es su aproximación más explícita al blues, con esos riffs básicos, sencillos pero de una pegada descomunal, un blues primitivo, electrizado, salvaje y caníbal. La letra es de lo mas nihilista de su repertorio, por si alguien pensaba que se habían suavizado con el tiempo: sentirse frío y muerto por dentro, estar seguro de que no veremos el día de mañana, vivir en un mundo sin esperanza en donde todos nuestros sueños morirán y la única salida es el pinchazo de la jeringuilla y lo que venga después... Le sigue “Necromania”, tema donde Oborn y compañía dan rienda suelta a su pasión por el sonido Detroit y los riffs ácidos y saturados de electricidad, con una letra que combina su obsesión por el ocultismo, los ritos satánicos, el sado-masoquismo y la muerte. “Hear the Sirens Scream” ofrece un riff granítico, aplastante y demoledor, de aroma claramente setentero, repitiéndose hasta hipnotizarnos mientras Oborn entona con desprecio uno de esos himnos dedicados a los perdedores, a los marginados sociales, a los parias, a la gente que se encuentra fuera del sistema, estigmatizados por buscar unos placeres que son perseguidos y castigados por la sociedad bienpensante: “somos la noche, odiamos la luz, no tenemos futuro, estamos malditos, las drogas son nuestra religión, la violencia es nuestro himno, matando para ser libres, hasta que suenan las sirenas una vez más...” A continuación llega una transición de ultratumba como es “The Reaper”, un tema dominado por los sonidos drónicos de un órgano en donde se nos describe la experiencia de un viaje ácido en el que se ha ido demasiado lejos y en el que nos deslizamos peligrosamente hacia el vacío, donde perdemos la conciencia, algo que quizá íbamos buscando... “Wicked Caresses” es uno de esos temazos de Electric Wizard de construcción y acabado perfecto, con unos riffs engrasados a la perfección que muestran que aprendieron la lección recibida de Black Sabbath: combinar riffs lentos y agonizantes con melodías pegadizas y estribillos memorables. Un tema de atmósfera profundamente macabra y riffs asesinos, en donde aflora una vez más la obsesión de Oborn por las mujeres dominantes y perversas, vampiresas, muertas resucitadas y obscenamente bellas que someten a hombres que van en busca de vicios perversos y caricias prohibidas, aceptando con deleite su propia perdición además de todo tipo de humillaciones, vejaciones e incluso la muerte a manos de estas dominatrix altivas e inaccesibles que alteran los sentidos y provocan una adicción enfermiza y sin límites. El camino nos lleva al final con “Mourning of the Magicians”, un tema de atmósfera envuelta en la niebla inglesa, los riffs lisérgicos y el wah más sucio y guarro que se pueda imaginar. Un tema en el que se conjuran visiones de la familia Manson, de Jim Jones, de sectas ocultas en granjas remotas donde los adeptos cantan sus canciones y se despiden del mundo para irse al infierno, en donde Oborn pide que nos reunamos con él y nos acerquemos para mostrarnos la verdad a todas aquellas personas que la andamos buscando y no la hemos encontrado hasta hora. “Esta es la oscuridad que siempre habéis estado buscando”.




jueves, 25 de enero de 2018

METABOLIST "Hansten Klork" (1980)



La historia de Metabolist es uno de esos casos desconcertantes en la historia del rock experimental de las últimas décadas. Contemporáneos de otros grupos ingleses como This Heat, The Pop Group, P.I.L. o Cabaret Voltaire, su música pasó casi desapercibida en su momento e incluso hoy en día, en plena época de internet, es difícil encontrar sus grabaciones o información sobre ellos. Quizá contribuyera el hecho de que sólo llegaron a grabar un disco y que no aceptaron trabajar con ningún sello discográfico sino que se lo auto-editaron en su propio sello (Drömm Records) y que hasta el momento no se ha reeditado (con la excepción de una edición limitadísima en Japón), o sea que este “Hansten Klork” es una obra que ha permanecido en la oscuridad y sin el reconocimiento que sí han recibido los grupos mencionados anteriormente. “Hansten Klork”, grabado en Londres en 1980, es una verdadera obra maestra del rock de vanguardia, una explosiva combinación de post-punk, krautrock, improvisación e incluso unas gotas de Zeuhl. Metabolist trabajaron minuciosamente no sólo en la composición de los temas que conforman el disco sino también en todo el proceso de grabación, manipulación y mezcla de sonidos realizando un trabajo en el estudio de grabación (que de hecho, era su propio estudio) comparable al que This Heat o Art Bears estaban haciendo también en aquellos años. Utilizaban los instrumentos típicos del rock, pero decidieron tocarlos y manipularlos de las formas más inverosímiles para así conseguir todo tipo de sonidos absolutamente inesperados por el oyente además de incluir todo tipo de sonidos considerados no-musicales (en esto imagino que seguían la estela de Can y Faust). Además de ser unos musicazos con una desbordante imaginación, hacían gala de un sentido del humor retorcido, absurdo y surrealista, algo que se aprecia en esa letras medio en inglés medio en idioma desconocido y en el empleo tan desquiciante que hacían de las voces. “Curly Wall”, tema que abre el disco, es toda una declaración de intenciones. En sus casi 10 minutos de duración nos ofrece ritmos motorik obsesivos (en el puro estilo de Neu! o de Can), cambios de ritmo imprevisibles, guitarras angulares y unas voces absolutamente demenciales e intimidatorias que por momentos recuerdan a los experimentos de Residents o a las voces operísticas kobaianas de Christian Vander en Magma. “Alien on Sunday” es, como bien indica su nombre, una auténtica marcianada sonora que se centra en los ritmos motorik a lo Neu! y unas voces efectivamente de tipo absolutamente extraterrestre. “King Quack” ralentiza los tiempos y el grupo se enzarza en un serpenteante riff de bajo y batería acompañado por corrosivos latigazos de guitarra y saxo y por esas inquietantes voces en un idioma desconocido que perfectamente podían encajar en un disco de Magma. “Hoi Hoi Hoi” es otro temazo que usa la repetición de ritmos y las guitarras angulares para crear una siniestra e hipnótica atmósfera sobre la que una voces al puro estilo Magma recitan unos textos que perfectamente podían estar escritos en Kobaian. La combinación es realmente impactante: ver a un grupo en plena época del post-punk hacer apología de Magma y el Zeuhl es algo que debe ser visto para poder creérselo (imagino que gran parte del público en aquella época se sentiría bastante desconcertado en este sentido). Temas como “Lights” y “Merchandise” nos muestran otra faceta del grupo del grupo, que aprovecha para dar rienda suelta a la improvisación y la creación de pasajes oníricos y misteriosamente psicodélicos. El tema que cierra el album y que le da título al disco (“Hansten Klork”) es otro ejercicio de repetición minimalista, ritmos extraños, voces llegadas de otra dimensión y sonidos de todo tipo integrados en el esqueleto de la canción. En apenas 40 minutos termina el disco, dejándonos una sensación de haber escuchado una música llegada de otro planeta, de otra galaxia, una amalgama de estilos irreverente, provocadora, única e irrepetible. Su único disco y un puñado de singles y cassettes que editaron entre 1979 y 1981 son un legado importantísimo para la historia del rock experimental que desde aquí queremos reivindicar.

martes, 21 de noviembre de 2017

PIOTR SZULKIN: "Golem" (1979)



Rusia y los países del bloque soviético han sido para mí los maestros de la ciencia ficción y la distopía en el cine, especialmente en los años 70 y 80. Puede que influídos por la realidad socio-política en la que vivían, o quizás por esos imponentes bloques de cemento, acero y cristal que dominaban sus ciudades, o por las enormes fábricas y naves industriales, el frío y los cielos grises y plomizos, el caso es que la atmósfera y la tensión de las películas de directores como Andrei Tarkovski o Konstantin Lopushanski nunca serán superadas, por muchos efectos especiales o animaciones por ordenador que se utilicen hoy en día. El polaco Piotr Szulkin fue otro de los grandes nombres que Europa del Este ofreció al género de la distopía gracias a una espectacular filmografía en la que destaca esta, su primera película, filmada en 1979 y titulada “Golem”. Basada en la novela homónima de Gustav Meyrink, pero con influencias de “El Proceso” de Kafka, “1984” de Orwell y la estética post-apocalíptica de Tarkovski, esta película nos muestra un estremecedor retrato de una sociedad totalmente deshumanizada en la que un régimen totalitario (imagino que Szulkin estaba bastante condicionado por la situación de su Polonia natal en aquellos tiempos) que somete a la población a través de la omnipresente propaganda televisiva (para Szulkin, la televisión era uno de los grandes males de la modernidad) y que se dedica de manera clandestina a crear nuevos seres humanos en sus laboratorios (a la manera del Golem) con la intención de “mejorar” la raza humana y con los ojos puestos en la amenaza de la bomba atómica y la exterminación total. El protagonista, Pernat, es fruto de uno de estos experimentos, un engendro que ha servido para reemplazar al Pernat “real” por no se sabe qué motivos, pero que a diferencia del golem de Meyrink (que no tenía voluntad propia y actuaba de manera básica e impulsiva), tiene una característica que lo vuelve especial: su bondad. A pesar de vivir inmerso en la pobreza y la miseria más absolutas, Pernat ayuda a sus semejantes y actúa guiado por su corazón inocente y puro. Pernat vaga por las calles oscuras, llenas de charcos y basura, de una ciudad anónima, malviviendo en su decrépita finca rodeado de degenerados, locos, iluminados, prostitutas y marginados sociales, mientras trabaja tiritando de frío en su habitación grabando en placas de bronce la figura del ahorcado del tarot. A pesar de no recordar casi nada de su pasado, su naturaleza le inclina a ayudar a sus semejantes, y esto lo convierte en una amenaza para las autoridades, ya que su compasión por los demás le hace ser diferente de la masa uniformizada y resignada, le hace más “humano” que la mayoría de humanos que le rodean. Así pues, el gobierno lo espía, lo somete a interrogatorios brutales, lo acusa de crímenes que él no recuerda haber cometido y le hace pasar por interminables trámites burocráticos con la intención de desestabilizarlo. Película filmada en un tono sepia / naranja / ocre (que nos remite por momentos al “Stalker” de Tarkovski), sus colores, la atmósfera opresiva y febril, los decorados y ambientes decrépitos y ruinosos, el uso obsesivo de la música y unas interpretaciones escalofriantes de sus protagonistas, la convierten en una de esas “experiencias” que van más allá del cine y nos sumergen en un mundo desolado y poético al mismo tiempo. El surrealismo, que tan arraigado estaba en estos países (como ocurría también en las obras de otro maestro polaco como es Walerian Borowczyk o del checo Jan Svankmajer) hace su presencia de manera sutil (esas decenas de ventanas de la finca que se abren y cierran al mismo tiempo, esas semillas que caen en la mano de Pernat, ese diálogo entre el ciego, su hermano y la prostituta, esa tienda de reparación de muñecas rotas, esa banda de música que no acierta en sus ensayos) y contribuye a aumentar el tono onírico y la sensación de desasosiego que predomina en la película. El descorazonador final de la película, a pesar de estar filmado en Polonia en 1979, refleja perfectamente la situación que vivimos en los países democráticos en 2017: las pantallas de televisión (que controlan y dirigen el pensamiento de la gente) vomitan las imágenes de un político (cuyo físico es idéntico al de Pernat y sostiene en la mano la misma placa de identificación que aquel: GZ-565) vociferando con pasión su discurso tranquilizador para las masas, asegurando que no hay experimentos de creación de humanos y recordándonos nuestra obligación de no pensar y ser felices, ya que estamos en buenas manos y ellos cuidan de nosotros. Como ahora más o menos.

sábado, 9 de septiembre de 2017

MEPHISTOFELES: "I'm Heroin" (2017)


Al escuchar a Mephistofeles me viene a la mente una de las primeras imágenes que se ven en la película “Faust” de Murnau, en la que vemos a un gigantesco diablo (Mefisto) que extiende sus alas negras sobre una indefensa ciudad para poco a poco ir cubriéndola en un manto de oscuridad, humo, pestilencia y caos. 


Esa misma sensación de paulatina asfixia y terror es la que producen las vibraciones tan siniestras que emite este “I'm Heroin” (2017). El disco sigue la estela de su debut de 2016 (“Whore”) aunque se percibe un claro progreso ya que el trío argentino suena ahora más compacto y engrasado, y la producción ha ganado quilates en cuanto a densidad, suciedad y calidez sonora. El disco suena tremendo, desde ese tétrico órgano que abre el disco y nos sumerge en la lisérgica marcha fúnebre de “Transylvanian Funeral” hasta “Into the Night”, tema que nos conduce con una demoledora jam session a la conclusión de este bad trip. Entre estas dos monolíticas composiciones, el resto de temas son una auténtica inyección letal de sonidos vintage empapados en ácido y paridos en una cripta subterránea, exploraciones obsesivas en búsqueda del riff perfecto, wah orgásmico, fuzz abrasador, riffs absolutamente gloriosos en lo que se refiere a suciedad y vicio, melodías increíblemente pegadizas y grooves adictivos, con unas letras y un artwork que transmiten una sombría visión de la vida que gira alrededor de la droga, el sexo bizarro y violento, el ocultismo, la misantropía, la marginalidad y la exploración de diversos tabúes sociales. Ahí siguen, cómo no, los ecos de Black Sabbath, Electric Wizard, Uncle Acid, Dead Meadow y artefactos similares, destilando la esencia del hard rock / heavy psych setentero junto a los elementos más alucinógenos del stoner rock y la densidad del doom, lo cual es muy de agradecer ya que hay gente que no nos cansamos de profundizar en ese sonido tan puro y tan eléctrico, y en ese sentido Mephistofeles son auténticos expertos. Su dedicación exclusiva al riff y a las atmósferas humeantes y perversas, unidos a una insultante juventud y descaro, hacen que el futuro del grupo sea más que prometedor.


Pero aquí no termina todo. Nos pusimos en contacto con Gabriel Ravera (voz y guitarra eléctrica en Mephistofeles) para que nos comentase algo más sobre lo que se esconde detrás de las piezas de este fantástico álbum, y esto fue lo que nos comentó sobre cada uno de los temas y la estructura del disco:

Sin percibirlo, el disco se volvió un poco conceptual a medida que nos sumergimos en la composición de los temas.
Transylvanian Funeral nos sumerge directo en la entrada hacia un funeral vampírico, una caravana de drogas que culmina en los inmensos salones de los castillos más fríos y húmedos que Transilvania podría ofrecer. The Rogue es la leyenda de un profanador de tumbas que solía intrusarse en los pocos funerales que encontraba cerca, para corromper la armonía del sepulcro y así hurtar lo más preciado que este cuerpo pudiera ofrecer para obsequiarlo a las sectas que pertenecía. White Butterfly continúa la historia de "the rogue": presencia cómo cobra vida este cuerpo que acaba de profanar, despertando un odio y desprecio en él por la humanidad misma, lo cual procede a su autodestrucción como individuo. Trash Lord es el grito de este "no vivo" que no puede lidiar con el estado en el que se encuentra, el retorno del mundo de los no vivos, mientras pide a gritos a su ídolo que detenga esa tortura.
Heroin habla sobre que “the rogue” no era sólo un profanador de tumbas, más bien un asesino que se interesaba en jovencitas blancas. Su personalidad, era más que nada, la droga que terminaba acabando con ellas. Addicted to Satan es la oda y el único escape que queda para culminar la vida criminal y pedir por un poco de piedad a los ídolos propios sin la necesidad de ser juzgado por la decrépita humanidad. “Ya todo lo que queda en este mundo no es más que pútrido. Cuando algo ya no vale nada, sólo se descarta y se construye algo nuevo”.Into the Night es la llegada de la noche, internándose en los bosques más oscuros que puedan existir. A la luz de la luna, aguardando a morir ya con las venas de ambas muñecas vacías, se cierra toda esta obra con un viaje por la cabeza de “the rogue” que, con una pequeña copla funeraria, termina llevándose consigo el alma de los malditos.”

https://mephistofeles.bandcamp.com/

lunes, 28 de agosto de 2017

NESEBLOD: Viaje a las entrañas del black metal

Este verano he estado viajando por los países escandinavos. Hacía tiempo que me apetecía visitar esas tierras y admirar sus espectaculares paisajes y sus vibrantes ciudades. He tenido la oportunidad de ver muchísimas cosas, y como consumidor obsesivo de música que soy, visité unas cuantas tiendas de discos a lo largo del viaje, pero voy a centrarme especialmente en una de ellas (Neseblod, en Oslo), ya que este es un lugar que va más allá de lo que es una simple tienda de discos debido a su atmósfera tan especial y a los extraños acontecimientos que se vivieron allí a principios de los 90, cuando la tienda se llamaba Helvete y su capo era ni más ni menos que Euronymous, líder del grupo Mayhem y pieza fundamental alrededor de quien giraba el black metal noruego de aquella época. Mucho se ha dicho y escrito sobre los acontecimientos que tuvieron lugar en Noruega a principios de los 90, cuando algunos de los grupos de la escena black metal, organizados en una especie de colectivo llamado Inner Circle (también descrito por la prensa como mafia satánica y terrorista), un puñado de jóvenes que, enfebrecidos por sus delirios paganos / anticristianos / misantrópicos, se dedicaron a quemar iglesias, profanar cementerios, llegando en algunos casos a la agresión física e incluso al asesinato. Todo ello mientras grababan algunos de los discos más extremos y perturbadores de la historia de la música. La sede donde los miembros del Inner Circle se reunían, liderados por Euronymous, era la tienda de discos Helvete y su sótano, donde tenían lugar sus infames reuniones y donde incluso se quedaban a dormir miembros del colectivo cuando llegaban de otras ciudades noruegas. Por allí pasaron, trabajaron (e incluso vivieron) varios miembros de Mayhem, Emperor, Darkthrone y también el archiconocido Varg Vikerness (Burzum). Así pues, esas paredes han visto muchas cosas que sólo con pensarlas me pone los pelos de punta. Aquella escena noruega reinventó el black metal de los 80 y lo radicalizó en todos los sentidos (musicalmente, estéticamente, ideológicamente) y empujaron a la música a uno de los extremos más salvajes y peligrosos que se han conocido. Lo que más impresiona de aquella escena es, ya no sólo su fascinante imagen (corpsepaint, expresiones faciales poseídas, portadas en blanco y negro áspero y rasposo, escenografía macabra), su música y arte satánico, sino que decidieron llevarlo a la vida real sin miedo a las posibles consecuencias. Todo aquello terminó con el asesinato de Euronymous y con varios miembros del Inner Circle en la cárcel, así como más de 50 iglesias quemadas y una huella imborrable de odio, caos y violencia. Por supuesto, Helvete tuvo que cerrar sus puertas y estuvo desaparecida durante años hasta que en 2003 un grupo de gente (con la colaboración de miembros de Darkthrone entre otros) tuvo la idea de volver a abrirla en el mismo sitio, con el nuevo nombre de Neseblod y manteniendo una filosofía similar (pero centrándose sólo en la música, dejando aparte temas extra-musicales, según parece). Recuerdo que cuando era un adolescente leía con avidez todas las noticias tan violentas e imprevisibles que llegaban desde Noruega en los años 92-93 en revistas como Metali-KO, mientras admiraba extasiado las portadas y fotos de los discos de Darkthrone, Mayhem, Bathory y compañía. En aquella época no existía internet, por lo tanto las noticias nos llegaban en cuentagotas: lo único que teníamos eran los discos, con esa música y esas fotos tan tremendas, y algún que otro artículo en la prensa especializada, nada más, quizá por eso toda esta historia estaba rodeada de un aura de misterio y peligro que hoy en día ya se ha perdido, y quizá también por eso lo idealizamos tanto. Así pues, tenía claro que cuando visitara Oslo tendría que hacer una excursión a Neseblod. Está claro que hoy en día es muy fácil comprar música por internet. Con un simple click te puedes bajar la discografía de tal o cual grupo e incluso comprar discos con facilidad y que te llegan a casa por correo al poco tiempo. Todo eso está muy bien, y recurro a ello con frecuencia, pero yo soy de los que piensa que ir a una tienda de discos física es una experiencia que nunca podrá ser reemplazada por internet. El hecho de ir a una tienda y pasar horas mirando vinilos y cd's, pasándolos uno a uno, viendo las portadas y contraportadas, notando como la punta de los dedos se va ennegreciendo y volviéndose pegajosa debido al contacto con el plástico, mientras aspiras ese peculiar olor que poco a poco hace que te olvides de cuánto tiempo llevas allí... Y por supuesto poder hablar con la gente que está allí en la tienda, comentar cosas sobre este disco o este otro, compartir experiencias y recomendaciones con gente que realmente sabe lo que vende y no como en las grandes superficies, donde se la suda si te venden un disco de Swans o uno de Julio Iglesias ya que para ellos la música no es arte, no es droga, no es compulsión, sino que es un producto que hay que vender para hacer negocio. Supongo que hay algo de fetichismo, romanticismo y obsesión en esta visión, pero para mí no hay color. Así pues, visitar Neseblod fue una auténtica peregrinación, un viaje a las tripas del black metal noruego y un lugar en el que, además de comprar buena música, se pueden sentir las vibraciones tan perversas que allí todavía permanecen a pesar del paso del tiempo. Pasé allí un par de horas, rodeado de vinilos, cd's, cassettes, camisetas, dvd's, libros, fanzines y posters a reventar, desde el suelo hasta el techo, por las paredes, en estanterías, en cajas, en cajones, todo apretadísimo, es que no cabía ni un sólo disco más, un auténtico lujo para los sentidos, una sobredosis emocional y estética, síndrome Stendhal 100%. 


En ese tiempo creo que no llegué a ver ni la mitad de los discos que allí había, pero es que para eso se necesitaría pasar allí dos o tres días enteros. Iba a buscar algunas cosas concretas y después a echar un vistazo a algunas secciones, y me gasté unos 100 euros, pero aun así siempre te vas con la duda de si te habrás dejado allí alguna joya por no haberla visto... En la primera planta se encuentra material más relacionado con el black, death, doom y grindcore, y por todas partes hay parafernalia para coleccionistas de los archivos privados y pertenencias personales de Euronymous y del universo Mayhem. 

Yo no soy coleccionista, pero la verdad es que da respeto ver todo ese material que en su época pasó por las manos de Euronymous, Vikerness y compañía. La cruz invertida en la pared formada por varias copias del “Deathcrush” de Mayhem es digna de ser vista, así como las copias originales del fanzine Slayer (biblia del black metal noruego de los 90). 


Pero ahí no termina todo, ya que en la planta baja todavía hay más discos, pero de otros géneros: rock progresivo, punk, hardcore, alternativo, post-punk... Y también en la planta baja se encuentra el que es sin duda el lugar que mucha gente viene a ver en Neseblod: el “Black Metal Museum”, el lugar en el que se reunían los miembros del Inner Circle y donde también se quedaban a dormir los visitantes llegados de otros lugares de Noruega. El llamado “museo” se encuentra ahora abierto al público y es de visita obligada para los amantes del género. Lo primero que ves en entrar al sótano es un pasillo corto que conduce a una primera habitación en la que se encuentran diversos objetos como posters promocionales de Mayhem (posters auténticos de principios de finales de los 80 y principios de los 90), un poster gigante con la ilustración de la portada del “In the Sign of Evil” de Sodom, un ataúd y algunos maniquíes en el suelo. 


A continuación se entra a la infame sala de reuniones y de la que tantas fotos había visto en libros y por donde han pasado tantos y tantos integrantes de esta fascinante escena. La sala realmente impresiona por su desnudez y su ambiente frío y húmedo. Supongo que en su día habría algunos muebles, mesas, sillas y algunos colchones donde dormir, pero todo desapareció tras cerrar Helvete. Dentro, una bombilla amarillenta en el techo ilumina las paredes de piedra desnudas, tan sólo hay un trono tras el cual se ve una bandera con la portada del segundo disco de Venom (cómo no) y una pintada en la pared que dice: “Black Metal”. Minimalista, sucio, oscuro y macabro, como era el Unholy Black Metal que practicaban aquellos grupos en su época. 


Estuve allí dentro un buen rato, no sé exactamente cuánto porque perdí un poco la noción del tiempo. Tuve la suerte de que en esos momentos no había nadie en la tienda, así que pude disfrutar en soledad de esas vibraciones tan estremecedoras que allí se podían sentir, sin ningún gilipollas a mi alrededor haciéndose selfies para después colgarlos en facebook. La verdad es que lo agradecí. Salí de allí con los pelos de punta. Tras pasar por caja volvía a la realidad mientras en la calle descargaba una tormenta de verano y caía agua a raudales mientras los truenos retumbaban en el cielo. Una mejor manera de terminar esta experiencia habría sido imposible.

jueves, 22 de junio de 2017

SOL INVICTUS: "In the Rain" (1995)



La lluvia cae sobre las calles de las ciudades de Europa. Una lluvia incesante que nos hace quedarnos encerrados en nuestras casas mientras miramos a través de los cristales mojados de las ventanas y recordamos tiempos mejores. Nos dicen que el viejo continente se hunde, se resquebraja, se parte en diversos trozos, se ahoga bajo las olas de inmigrantes y se desangra por la amenaza terrorista. Esta preocupación por Europa ha sido una constante en la obra de Tony Wakeford y su grupo Sol Invictus desde sus inicios a finales de los años 80. En “In the Rain” (1995), el que es probablemente el mejor trabajo de su extensa discografía, esta lluvia y esa percepción de la decadencia de la civilización occidental atraviesan todas y cada una de las canciones que conforman el disco, sin olvidar los otros dos polos alrededor de los que gravitan las obsesiones de Wakeford: el amor y la muerte. Esta fue una de las obras fundamentales del llamado “Neofolk” o “Folk Apocalíptico” que a principios de los 90 en Inglaterra nos ofreció discos tan fascinantes como este “In the Rain”, el “Thunder Perfect Mind” de Current 93 o “But, What Ends When the Symbols Shatter?” de Death In June. Grupos todos ellos que iniciaron su andadura a principios de los 80 en la escena industrial y darkwave Británica y que compartían inquietudes y obsesiones como eran el ocultismo, el paganismo, el nazismo y la preocupación por la decadencia de occidente. Es curioso que todos ellos coincidieran en su evolución estilística y a principios de los 90 atravesaran esa etapa “Neofolk”, aunque de todos ellos, Sol Invictus fueron los que más enraizados estaban en este género. A pesar de tener un claro componente folk (Wakeford afirmó en entrevistas que en aquella época estaba muy metido en la música de Nick Drake y Leonard Cohen), la música de Sol Invictus va mucho más allá de los esquemas del género, como podemos apreciar claramente en “In the Rain”. Si bien las canciones parten de una estructura básica como es la guitarra acústica y la voz de Wakeford, su paleta sonora se expande con la participación de una pequeña orquesta de cámara (violines, cellos, trompetas, piano), así como la percusión y los sonidos de carácter eléctrico que le añaden muchísima profundidad y matices al sonido. La atmósfera del disco, marcada por la incesante lluvia, es deliciosamente melancólica, otoñal, intimista y decadente. La voz de Wakeford (que en mi opinión ha sido muchas veces injustamente criticada) es lo que le da un sabor tan especial a estas composiciones: a pesar de no ser un gran cantante (como tampoco lo eran Douglas Pearce o David Tibet) su voz frágil, quebradiza, como si estuviese a punto de derrumbarse, transmite una emoción y una intensidad que personalmente me pone los pelos de punta. Obsesionado por los amores perdidos o por los que nunca llegarán, por la muerte inevitable que nos alcanzará tarde o temprano, por el amor como fuerza de regeneración espiritual, por un mundo que se derrumba y de cuya progresiva extinción somos testigos impotentes, Wakeford entona sus letárgicos recitados y nos acompaña en este fascinante viaje que es “In the Rain”. Las 11 canciones que conforman el disco tienen un sonido y una estructura similar, algo de lo que se beneficia el disco porque la atmósfera se expande a lo largo de todos los temas, combinando la sencillez de las guitarras de Wakeford con la elegancia que aportan los instrumentos de cámara y con unos estribillos absolutamente memorables que en su belleza y fragilidad nos atrapan y atraviesan cada poro de nuestra piel. El caso más revelador es el del penúltimo tema del disco (“In Days To Come”), y que para mí es uno de los mejores del repertorio de Sol Invictus, que ejemplifica a la perfección la propuesta global de este disco: una melodía básica y repetitiva se utiliza como base para la canción en la que Wakeford describe con solemnidad el final de la civilización, un mundo sumergido en el caos, la violencia, la escoria y la avaricia, para a continuación conducirnos a un estribillo épico, bellísimo y estremecedor en el que se apunta a la llegada de una divinidad pagana surgida de los campos y de los bosques a la luz de la luna y que provocará un nuevo renacer de la especie. Sencillo pero tremendamente efectivo, tras esta explosión de intensidad y emoción, el disco se cierra con “Europa in the Rain II”, devolviéndonos una vez más a sentimiento de tristeza que nos invade al ver desde la ventana las calles mojadas de lluvia en nuestra vieja y enferma Europa.

martes, 9 de mayo de 2017

PIERRE HENRY: "Le Voyage" (1962)


Cada día me fascina más el trabajo de aquellos pioneros de la “musique concrète” y la música electro-acústica de los años 50 y 60. Ese primitivismo, ese sonido prehistórico, granítico y rugoso, pero al mismo tiempo combinado con un afán de experimentación sin límite y con esa dedicación a explorar todas las posibilidades del sonido y del ruido son absolutamente irresistibles. De entre todos esos artesanos del sonido, Pierre Henry fue uno de los más grandes, y obras como esta “Le Voyage” lo situaron como uno de los creadores más importantes de la música de vanguardia del siglo 20. Este trabajo, grabado en 1962, está basado en el Libro Tibetano de los Muertos y trataba de reflejar el viaje del alma desde el momento de la muerte hasta su reencarnación, atravesando diversos estados entre la muerte y el renacer. Música abstracta y difícil, pero con cierto regusto esotérico e incluso sobrenatural, algo que la hace todavía más intrigante. En una época en la que no contaban con ordenadores ni sintetizadores ni con la tecnología de la que disponemos hoy en día, artesanos como Pierre Henry trabajaban con la grabación, alteración y manipulación de todo tipo de sonidos para elaborar así sus atmósferas y texturas sonoras que en pleno siglo 21 siguen sonando increíblemente modernas y avanzadas. “Le Voyage” se abre con “Souffle 1”, una auténtica sinfonía de estertores, de respiraciones agonizantes que expresan el trance del cuerpo abandonando la vida y adentrándose en la muerte. Una pieza angustiosa que nos envuelve con sus sonidos asfixiantes y nos sitúa en el estado mental apropiado para iniciar este viaje. Los dos siguientes temas, “Après la Mort 1” y “Après la Mort 2”, nos adentran ya en el reino de la muerte. Los sonidos, de origen indescifrable, van siendo manipulados y se metamorfosean en formas y estructuras imposibles reproduciendo el gruñido de los dinosaurios, lenguajes y formas de comunicación desconocidas, las explosiones de una supernova y los ecos de las galaxias más lejanas. Un ejercicio de arqueología sonora que en ocasiones suena maquinal, robotizado e inhumano mientras que en otras ocasiones suena vivo y orgánico como las capas tectónicas en movimiento y los diferentes estratos rocosos moviéndose a velocidades vertiginosas. Le llega el turno a las divinidades y a los dioses en “Divinités Paisibles” y “Divinités Irritées”. La primera composición abandona las anteriores texturas rugosas y ásperas para sumergirnos en una atmósfera mucho más etérea, plantando las semillas de lo que años más tarde se llamaría “Dark Ambient” o “Drone”. La segunda es una breve y brutal composición en la que Henry experimenta con todo tipo de ruidos chirriantes y ritmos en descomposición que se podrían interpretar como una clara influencia en la electrónica más ruidista e incluso en géneros extremos como el Power Electronics. Tras este breve interludio llega “Le Couple”, donde vuelven a aparecer los sonidos de carácter ambient / drone, con latigazos metalizados y frecuencias corrosivas que hipnotizan con su una belleza misteriosa y abstracta. Escucho este tema y nunca me imaginaría que esto fue grabado hace más de 50 años. Suena tan avanzado, tan intenso y tan perturbador como si se hubiese grabado ayer mismo. “Souffle 2” concluye el viaje devolviéndonos a los sonidos de respiraciones asfixiantes que escuchábamos al principio de la obra, la respiración lo es todo en el momento de morir pero también en el momento de nacer, pero hacia el final de la pieza se le cede el paso a un drone final en caída libre que nos sumerge en el líquido amniótico y en los momentos previos a un nuevo nacimiento en el que todos los sonidos del universo entran en nuestro cuerpo convirtiéndonos en un gigantesco oído que capta hasta las vibraciones y ecos más lejanos.
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